El Salvaje
El Salvaje —¡Ah! Es MarÃa Esther… Mi sobrina más querida; está unos dÃas con nosotros, señor Nicholson… Mi hijo: el amigo de Olmos, que nos hará el honor de unirse a nuestra familia.
—Aunque provisoriamente, señorita, lo que causa mi mayor pesar —concluyó Nicholson, muy satisfecho del modo cómo allà tomaban las cosas.
—¿Ah, sÃ? —se rió MarÃa Esther, sin que se le ocurriera ni pudiera habérsele ocurrido otra cosa. Se sentó, echando el vestido de lado con un breve movimiento. Y entonces, seria ya, midió naturalmente de abajo arriba a Nicholson.
Un momento después entraba SofÃa. TenÃa el mismo cuerpo que su prima, y la misma elegancia de vestido. Igual tipo vulgar de cara, con idéntico estuco; pero la expresión de los ojos denunciaba más espÃritu.
—¡Por fin! —exclamó la madre con un alegre suspiro—. Su prometida, señor Nicholson… ¿Quién te hubiera dicho, mi hija, que te ibas a casar en ausencia de tu novio, eh?
—¡Ah, sÃ! —se rió la joven, exactamente con la misma elocuencia de MarÃa Esther. Pero agregó enseguida—: Como el señor Nicholson es tan amable…
Y sus ojos se fijaron en él con una sonrisa en que podÃa hallarse todo, menos cortedad.
—Esta chica debe de tener un poco de alma —pensó Nicholson.