El Salvaje

El Salvaje

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Entretanto, la joven se había sentado, cruzándose de piernas. Como estaba de perfil a la luz, su cabello rubio centelleaba, y el charol de su pie arqueado a tierra proyectábase en una angosta lengua de luz.

Nicholson, charlando, la observaba. Hallábale, a pesar de su cabello oxigenado y su insustancialidad, cierto encanto. Como su prima, no sabía mucho más que las gracias chocarreras habituales en las chicas de mundo. Pero su cuerpo tenía viva frescura, y en aquella mirada había una mujer, por lo menos, cosa de que se alegraba grandemente por Olmos.

—En fin —reanudaba la señora de Saavedra—, aunque deploramos la ausencia de Olmos, porque un casamiento por poder está siempre lleno de trastornos, no…

—¿Trastornos? —preguntó Nicholson.

—Es decir… Ninguno, claro está. Pero comprenda usted bien… La pobre Chicha… ¿Verdad, mi hija, que desearías más…?

—Sí, señora, sí; de eso no tengo la menor duda —creyó deber excusarse Nicholson—. Sería inútil pedirle opinión a la novia.

—¿Le parece? —se rió Sofía.

—La elocuencia no es excesiva —pensó Nicholson—. En fin, Olmos sabrá lo que ha hecho.

Y agregó en voz alta:


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