El Salvaje
El Salvaje Alzábase a veces contra un tronco y observaba. Áspero pelo le cubría todo el cuerpo. Los brazos colgantes le llegaban a la rodilla. La mandíbula prominente, y casi siempre entreabierta cuando se incorporaba por el ansia de la angustiosa observación, dejaba ver una terrible dentadura cuyos dientes, en vez de encajar, enrasaban unos contra otros. El gorila concluía allí. La cabeza tenía ya más volumen; había más cráneo dilatado por el esfuerzo de las cuatro o cinco ideas —no más— de un celebro animal aún, para cuya torturante elaboración la bestia del momento prestaba toda su potencia sanguínea y muscular.
El hombre prolongó aún su marcha por el suelo, hasta que un agudo alarido de guerra y hambre lo lanzó de nuevo a los árboles. La selva había crujido a lo lejos, el ruido de gajos rotos avanzaba en restallidos cada vez más secos, y un instante después el monstruo terciario llegaba, con el largo cuello tendido a todas partes, los ojos fosforescentes y desvariados por doce horas de entrañas roídas. Lanzó aún su alarido angustioso, trotó delirante de un lado a otro, y hundió de nuevo en la selva su urgente galope de vida o muerte.