El Salvaje
El Salvaje El hombre consideró largo rato los agujeros del cielo, pestañeó rápidamente, y cambió de postura.
El agua cesó al fin, y con los primeros rayos de sol el arborícola abandonó su cubil. Tenía hambre, y las nueces del contorno habían concluido. Lanzose por entre las ramas, evitando la vegetación inferior, demasiado rica de pestilente humedad y de reptiles, De allá abajo, en efecto, subía un deletéreo vaho de cieno y plantas podridas. Toda una vida deslizante pululaba en el fondo, y aunque el hombre iba por lo alto de rama en rama, deteníalo a veces el potente chapoteo de un monstruo que pasaba bajo él, dejando el rastro abierto entre los helechos.
Dos horas después el cenagal concluía, y el hombre descendió al suelo. Su busto, fatigado por la larga erección de la marcha arborícola, doblábase ahora a tierra. Caminaba en cuatro patas, con la honda fruición ancestral que surge de repente hoy mismo en un simple gesto, en la trituración de un hueso.
Hacía ya mucho, sin duda, que el hombre terciario había comenzado a caminar en dos pies; pero el hábito natal y obstinado de la bestia, hecho deleite, proporcionábale en cuatro patas una confianza de especie desde largo tiempo fijada, que le hacía runrunear de satisfacción.