El Salvaje
El Salvaje Cuando al dÃa siguiente subà en la canoa que el tesón de tres peones de obraje habÃa llevado hasta allá conmigo, comenzó a llover de nuevo. Sobre la costa, a quinientos metros aguas arriba, una mole aguda se elevaba sobre el rÃo.
—El cantil… ¿es ése? —pregunté a mi hombre.
Él volvió la cabeza y miró largo rato el peñón que iba blanqueando tras la lluvia.
—Sà —repuso al fin con la vista fija en él.
Y mientras la canoa descendÃa por la costa, sintiéndome bajo el capote saturado de humedad, de selva y de diluvio, comprendà que aquel mismo hombre habÃa vivido realmente, hacÃa millones de años, lo que ahora sólo habÃa sido un sueño.
I
LlovÃa desde la noche anterior. La alta selva goteaba sin tregua sobre los helechos tibios y lucientes, y una espesa y caliente bruma envolvÃa el paisaje fantástico.
En lo alto de un nogal, acurrucado en una horqueta, el hombre terciario esperaba pacientemente que el agua cesara. No era cómoda su espera, sin embargo. El cobertizo que lo cubrÃa goteaba por todas partes, sobre todo a lo largo de la rama en que se recostaba. TenÃa, tras catorce horas de lluvia, la espalda completamente mojada.
