El Salvaje
El Salvaje A medianoche, rugidos continuos y cada vez más próximos les indicaron que la hembra del león volvía a su vez a la guarida. El terror a la bestia, mitigado por el efímero triunfo anterior, relajó sus nervios. Ya nada podían hacer; la distancia a los árboles era insalvable. Los cachorros se apelotonaron contra el dorso de su madre en un solo erizo de ojillos crueles y espantados. Dentro de un instante la leona, que ya bramaba sin cesar al olor de la sangre, caería sobre su macho muerto.