El Salvaje
El Salvaje El hombre, desesperado, corrió al lugar de la lucha, sacó la cabeza desmelenada tras el peñasco en que se había emboscado el otro, y devoró las tinieblas. De su angustia mortal, de toda su carne horripilada por el zarpazo inminente, surgía esta terrible impresión; la fiera entraría. ¡Sí, entraría! Y en esos dos minutos de agonía, en que sus ojos mordieron enloquecidos la angostura de la entrada, todos los terrores de la raza humana corrida siglos y siglos de su guarida por las bestias, encendieron en el espeso cerebro del hombre el primer rayo de verdadero genio: con un gruñido jadeante a que hacía eco el formidable bramar de la leona ya sobre él, se lanzó a los peñascos, y con un esfuerzo titánico hizo rodar un bloque hasta la entrada de la caverna, en cuyo alvéolo cayó pesadamente. Tuvo apenas tiempo de deslizarse bajo él: la leona se estrelló contra la piedra con un rugido que retumbó en los corazones aterrados, y se obstinó allí horas y horas. Pero cuando los hombres terciarios se convencieron de que la bestia no entraría, y la caverna era, por consiguiente, inexpugnable, los rugidos de la fiera fueron respondidos de adentro con pedradas y grandes alaridos.
La casa y el sueño estaban conquistados para siempre.