El Salvaje
El Salvaje El día llegó, sin embargo, y con la lívida madrugada comenzó a llover. Los hombres se calaron la capucha de los capotes, y las madres, tras una larga mirada de desesperación a sus vecinos masculinos más próximos, alzaron sobre sus criaturas ateridas el borde chorreante de sus mantos.
La columna se detuvo, y reuniendo los últimos alimentos —los últimos; no quedaba nada ya—, las mujeres y las criaturas pudieron mitigar el hambre. Sobró algo asimismo, pues muchas mujeres, muertas de fatiga y sueño, prefirieron continuar durmiendo en los carritos. Los viejos y enfermos tuvieron así un mínimo suplemento.
El sombrío conjunto de capotes y caballos en fuga reanudó la marcha, perseguido obstinadamente por el cañoneo.
A mediodía la lluvia continuaba con igual fuerza, y los fugitivos se detuvieron.
—¿Qué pasa? —se levantaron varias voces—. ¡No tenemos qué comer! ¡Sigamos!
—¡Sigamos! —se propagó hasta el fondo de la columna.
En la columna, sobre un carrito tirado por un viejo caballo reumático, iba una mujer cuyo marido había quedado luchando en los fuertes de Amberes. Llevaba consigo a sus tres hijos, el mayor de cinco años.