El Salvaje
El Salvaje Ante la nueva parada, la mujer levantó inquieta la cabeza, arrebujando a su pequeño en brazos.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—¡Nada! —le respondieron de atrás—. ¡Un momento nada más!
—Es que mi hijo… —repuso la madre a media voz, doblándose sobre la criatura y oprimiéndole rápidamente las manos, la frente, el cuello—. ¡Tiene fiebre! —se dirigió con voz muy lenta y clara a su vecina inmediata—. No podemos seguir asÃ… ¿Por qué no seguimos? —insistió mirando atentamente a uno y otro.
—¡Ya vamos! —gritó una voz ronca desde el fondo—. ¡Paciencia! ¡A todos nos llegará!
La vecina se dirigió entonces a la madre en voz baja:
—Están enterrando… Han muerto varios…
La madre clavó un rato sus ojos dilatados en la vecina.
—¿Criaturas también? —articuló.
La otra bajó dos o tres veces la cabeza.
Del frente llegaba por fin el rumor de la columna que se ponÃa en movimiento.