El Salvaje
El Salvaje —¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! —suspiró la madre mirando a todos con profundo agradecimiento—. Ya no nos detendremos más, ¿verdad? Creo —se interrumpió oprimiendo de nuevo bruscamente las manos y el cuello de su hijo—… que no tiene tanta fiebre… SÃ, no tiene… —Y volviéndose a la vecina—: ¿Criaturas de pecho… también?
La mujer bajó otra vez la cabeza. La madre, temblando, cobijó prolijamente a su hijo, deshaciendo, sin embargo, dos o tres veces el rebozo para pulsar al pequeño.
—Gracias a Dios… Gracias a Dios… —quedose murmurando y balanceando a la criatura junto a su cara.
La columna avanzaba siempre, la lluvia continuaba cayendo sin cesar, y al llegar la noche creció el vivo grito de las criaturas enfermas por el frÃo y la atroz alimentación. La leche de las madres, alterada por el terror y la fatiga, envenenaba en febril sopor de enteritis a los pequeños de pecho.
La mujer que caminaba al lado del carrito se acercó con un mendrugo de pan hecho papilla por el agua, pero no obtuvo respuesta.
—Pronto llegaremos… —dijo.
La madre levantó por fin el rostro desesperado.
—¡Se muere! ¡Tóquelo! ¡Está ardiendo! Y todo mojado… ¡Hijo mÃo de mi alma!