El Salvaje

El Salvaje

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Los otros dos pequeños tiritaban hundidos contra las caderas de su madre. La columna hizo alto. La madre tuvo un sobresalto y miró a todos lados, los ojos sobreabiertos de fiebre.

—¿Van a enterrar?… ¿A quién?…

Esta vez no le respondieron. Se enterraba seguramente a muchos, pero el motivo principal de la detención era otro. No era posible salvar a las criaturas sino con leche de vaca, de yegua, de oveja, de lo que fuera. ¿Mas dónde hallarla? El país, que hasta esa tarde había ofrecido el mismo aspecto de los días anteriores, comenzaba a mejorar. Los cañones no habían llegado aún allí, y las granjas y árboles proseguían en pie; pero impulsado por el mismo huracán de desastre, el terror había barrido hasta la costa del mar a hombres, vacas, alimentos, ropas. Los hombres válidos de la columna exploraron un momento las granjas, los establos… Nada, ni un trozo de pan, ni una vaca moribunda.

La lluvia, que no daba tregua un solo segundo, provocó un instante la necesidad de guarecerse:

—¡Las criaturas se mueren de frío! ¡Están todas con bronconeumonía!

—¡Sí, pero están también envenenadas por la alimentación! ¡Necesitan leche a toda costa! ¡Sigamos!

—¡Es que se están muriendo en los brazos de las madres!


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