El Salvaje

El Salvaje

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—¡Se morirán más si no encontramos leche! ¡Salvemos a los que aún viven! ¡Sigamos!

—¡Sí, sigamos!

Los desgraciados, chorreando agua, muertos de fatiga, hambre y sueño, se arrastran otra vez por la carretera, llevando consigo el estertor de las criaturas asfixiadas por la bronconeumonía.

Caminaron toda esa tarde con detenciones cuyo motivo nadie preguntaba ya, pero que el alarido de las madres explicaba de sobra. La columna disminuía así cada media hora, aclarándose, vaciándose, jalonando con criaturas de pecho las carreteras de su pobre patria.

A la madrugada siguiente, la mujer que caminaba al lado del carrito se aproximó de nuevo a éste. Los dos pequeños, pegados siempre a las caderas de su madre, tenían las mejillas encendidas y respiraban velozmente por la boca abierta. El agua goteaba por los mechones de pelo hasta sus ojos entrecerrados.

—Pronto llegaremos… —repitió la vecina, como en las veces anteriores.

La madre se estremeció y fijó en ella su mirada dura.

—¿Cómo sigue el pequeño? —se aproximó más la mujer.


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