El Salvaje
El Salvaje —¡Mal! —repuso la madre secamente. Y abriendo el rebozo—: ¡Véalo! ¡MÃrelo! ¡Y vea esto! —agregó levantando bruscamente las piernitas—. ¡Vea los pañales!
La criatura agonizaba en un mar verde.
—¡A cada momento tiene un pañal! ¿Usted no es madre, no?… ¡Ah, Dios mÃo! —articuló con voz ronca, asentándose el cabello con las dos manos. Pero la criatura, al sentir la lluvia en sus piernas, habÃa gemido.
—¡Tápelo, tápelo! —se apresuró la vecina.
—SÃ, taparlo… —clamó la madre—. Taparlo con esto mojado… ¡Vea esto cómo está! ¡Esto es lo que hemos ganado!… ¡Toque! Mi propio hijo… ¡Ah, hijo mÃo de mi alma, mi hijo querido! —se dobló en un ronco sollozo sobre el cuerpecito agonizante.
Desde ese momento no permitió que nadie se acercase.
—¿Qué quieren aqu� —alzaba la voz dura—. ¡No está muerto, no! ¡Déjenme, les digo!
Pero al caer la tarde hubo que arrancarle de los brazos a la criatura muerta, fulminada por la meningitis, como casi todas ellas.