El Salvaje

El Salvaje

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Ante el desastre capital, los nervios de la pobre madre se quebraron por fin, y tras media hora de llanto silencioso y profundo, se arrebujó con sus dos pequeños —uno en cada rodilla— que de rato en rato sacudían el sopor de su fiebre para pegar la cara al rostro de su madre, en un brusco y ronco llanto, sin abrir los ojos.

La lluvia caía siempre perpendicular, copiosa. La procura de ropa seca para los enfermos, muy intensa hasta esa tarde, habíase desechado por completo; nadie esperaba ya nada.

A la mañana siguiente decidiose subir en los carros y caballos a las madres con criaturas, a fin de que, adelantándose en lo posible, llegaran cuanto antes hasta la leche, cuya urgencia tornábase cada vez más mortal. Así se hizo, y tras el mísero pienso que con inauditos esfuerzos pudo conseguirse para los caballos, el pelotón de madres desesperadas y pequeños en agonía avanzó, distanciándose al caer el crepúsculo algunos kilómetros.

A esa hora se levantó en el lamentable convoy de moribundos un grito de esperanza: las madres habían reconocido a un destacamento de caballería belga. Pero instantes después llegaba un oficial con orden de requisar todos los caballos disponibles.


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