El Salvaje
El Salvaje —¡Los caballos!… ¡Pero nuestras criaturas se mueren! —clamó enloquecida la madre de las dos criaturas—. ¡Teniente! ¡Señor! ¡Se mueren, le digo, si nos dejan aquÃ!
El oficial, embarrado hasta las presillas, nervioso, demacrado por un mes de batallar sin tregua ni descanso, gritó a su vez:
—¡Y nosotros nos morimos todos si no podemos mover la artillerÃa! ¡Todos: ustedes, nosotros, los que quedan! ¿Oye? ¡Pronto, los caballos!
A lo lejos, al oeste y al sur, se oÃa ahora el tronar sordo del ejército belga que costeaba el mar.
—¿Ya están? —preguntó el oficial con voz dura, volviéndose—. ¡Vamos, ligero!
Y espoleando a su montura marchó al galope.
Tras la mÃsera tropilla de caballos requisados que se llevaban y se perdÃan en el crepúsculo quedaron los carros caÃdos sobre las varas, en la carretera espejeante de agua. Más allá, muy cerca tal vez, estaba la población salvadora, en su felicidad de ropa seca y leche caliente. Pero entretanto, el fúnebre convoy, cementerio ambulante de criaturas de pecho, quedaba desamparado bajo la lluvia hostil que iba matando en flor, implacablemente, los retoños salvadores de una nueva Bélgica.