El Salvaje
El Salvaje Cayó la noche sumamente pesada. Al concluir de cenar volvimos de nuevo a la veranda, pero nos corrió presto de ella el viento huracanado salpicado de gotas ralas, que barría hasta las sillas. Calmó aquél bruscamente, y el agua comenzó entonces a caer, la lluvia desplomada y maciza de que no tiene idea quien no la haya sentido tronar horas y horas sobre el monte, sin la más ligera tregua ni el menor soplo de aire en las hojas.
—Creo que tendremos para rato —dije a mi hombre.
—Quién sabe —respondió—. A esta altura del mes no es probable.
Aproveché entonces la ruptura del hielo para recordar la misión particular que me había llevado allá.
—Hace varios meses —comencé—, los registros de su pluviómetro que llegaron a Buenos Aires…
Y mientras exponía el caso, puse de relieve la sorpresa de la Central por el inesperado volumen de aquellas observaciones.
—¿No hubo error? —concluí—. ¿Los índices eran tales como usted los envió?
—Sí —respondió, mirándome de pleno con sus ojos muy abiertos e inmóviles.
