El Salvaje
El Salvaje Me callé entonces, y durante un tiempo que no pude medir, pero que pudo ser muy largo, no cambiamos una palabra. Yo fumaba; él levantaba de rato en rato los ojos a la pared, al exterior, a la lluvia, como si esperara oÃr algo tras aquel sordo tronar que inundaba la selva. Y para mÃ, ganado por el vaho de excesiva humedad que llegaba de afuera, persistÃa el enigma de aquella mirada y de aquella nariz abiertas al olor de los árboles mojados.
—¿Usted ha visto un dinosaurio?
Esto acababa de preguntármelo él, sin más ni más.
En la época actual, en compañÃa de un hombre culto que se ha vuelto loco, y que tiene un resplandor prehistórico en los ojos, la pregunta aquella era bastante perturbadora. Lo miré fijamente; él hacÃa lo mismo conmigo.
—¿Qué? —dije por fin.
—Un dinosaurio… un nothosaurio carnÃvoro.
—Jamás. ¿Usted lo ha visto?
—SÃ.
No se le movÃa una pestaña mientras me miraba.
—¿Aqu�
—AquÃ. Ya ha muerto… Anduvimos juntos tres meses.
