El Salvaje

El Salvaje

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Las abejas tenían agua a su alcance, agua clara, particular de ellas; no había, pues, por qué robarla. Kean tenía derecho al exceso de miel, sin poner las manos, claro está, en los panales de otoño. Las gallinas eran dueñas de la mitad del maíz que Kean producía, así como de toda larva que cayera ostensiblemente de la piquera. Y aún más, por una especie de tolerancia de tarifa, era lícito a las gallinas comer a las abejas enfermas y a los zánganos retardados que se enfriaban al pie de la colmena.

Fue éste el pacto más bien sentido de cuantos es posible hacer entre comedores de sus mutuos productos, y en el espacio que media de septiembre a enero, sólo bienestar hubo en la colonia. Las gallinas, particularmente, que en las secas heladas de julio habían visto suspender su maternal tributo a Kean, esponjábanse ahora de esperanza echadas al sol caliente, y revolviendo la arena con las patas en vertiginoso turbión de hélice.

Las abejas, a su vez, tras el pánico de las tardías heladas que habían quemado las yemas de los árboles, lanzábanse fuera de la colmena en zumbante alborozo, enloquecidas por el perfume de una súbita florescencia. Veinte días de sol y viento norte habían fijado la savia en nuevas yemas, y mientras el campo se amorataba de flores, en el monte negro los lapachos se individualizaban en inmenso pompón de campanillas rosadas.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker