El Salvaje
El Salvaje Kean, acribillado a su vez de picaduras, alcanzó a ver, mientras corría el tejido de alambre deshecho, a su caballo por tierra. Vio el patio oscurecido de abejas, y cuatro negros chorros que continuaban saliendo de las colmenas.
Vio asimismo que su hijo varón, aunque con cara y manos fuertemente picadas, no ofrecía peligro alguno. Su hija…
—¡Mira, mira! —le gritó su mujer consternada—. ¡Se nos va a morir, Kean!
No había allí sino un cuerpecillo de bebé con una monstruosa bola de carne por cara, en que boca, nariz y ojos desaparecían en una vejiga lívida. Kean abrió la puerta del comedor, y una nube de abejas se lanzó a su encuentro, acribillándolo de nuevo a aguijonazos.
—¡En la cuna, bajo el mosquitero! ¡Los dos! ¡Ponte el velo! —gritó Kean, cogiendo el suyo y saliendo de nuevo.
En cinco minutos Kean dispuso grandes vendajes de agua caliente, y envolvió a la criatura de pies a cabeza. Renovó las compresas a los diez minutos, y durante cuatro horas los vendajes continuaron sin interrupción, hasta que al cabo de ellas Kean y su mujer pudieron respirar. El pulso se levantaba y la fiebre e hinchazón cedían por fin.
Julia, quebrantada, se echó entonces a llorar quedamente.