El Salvaje
El Salvaje —¡Figúrate que pensaba dejarla en pañales por el calor! —sonreÃa a su marido con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Cuando pienso…!
—SÃ, para estos casos son útiles las mantillas —repuso él bromeando, a fin de levantar el ánimo.
Y al mirarse por primera vez en la cara, se echaron a reÃr sin querer. Kean no veÃa con el ojo izquierdo, y su mujer lo hacÃa medianamente con los dos.
—Ahora, nosotros. Ponte compresas y ponle también algunas a Eduardo, aunque el hombrecito es fuerte. Yo voy a seguir con Julita.
Muy tarde ya, cuando el sol caÃa, Kean pudo salir un momento a ver a su caballo. Estaba muerto desde hacÃa varias horas atrás, monstruosamente hinchado. Echó una ojeada a las colmenas, una frÃa mirada de transeúnte. Una tras otra, las hÃbridas enloquecidas volvÃan a recogerse con la caÃda de la noche, mutiladas, hartas de pillaje y locura asesina. En un poste del tejido de alambre vio aún veinte o treinta abejas aguijoneando la madera inerte.
Kean se estremeció entonces libremente. Lo que no habÃa querido decir a su mujer es que posiblemente los ojos de la criatura estaban tocados.
—Si Dios no hace un milagro… —murmuró.