El vampiro

El vampiro

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–Pero usted las ha visto todas, señor Grant –sonrió el dueño de casa–.

Esto explica el que la señora lo haya hallado a usted más de una vez en las salas.

–En efecto –asentí; y tras una pausa sumamente larga–: ¿Se distinguen bien los rostros desde la pantalla? –Perfectamente –repuso ella; y agregó un poco extrañada–: ¿Por qué no? –En efecto –torné a repetir, pero esta vez en mi interior.

Si yo creía estar seguro de no haber muerto en la calle al encaminarme a lo de Rosales, debía perfectamente admitir la trivial y mundana realidad de una mujer que sólo tenía vestido y un vago respaldo de silla en su interior.

Departiendo sobre estos ligeros temas, los minutos pasaron.

Como la dama llevara con alguna frecuencia la mano a sus ojos: –¿Está usted fatigada, señora? –dijo el dueño de casa–.

¿Querría usted recostarse un instante? El señor Grant y yo trataremos de llenar, fumando, el tiempo que usted deja vacío.

–Sí, estoy un poco cansada.

–asintió nuestra invitada, levantándose–.

Con permiso de ustedes –agregó, sonriendo a ambos uno después del otro.


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