El vampiro
El vampiro Ve usted ahora por qué debà prevenirle de las deficiencias que podrÃamos tener en el servicio.
Pobre mesa, señor Grant.
Pero su amabilidad y la presencia de esta señora saldarán el débito.
La mesa, ya lo he advertido, estaba cubierta de manjares.
En cualquier otra circunstancia distinta de aquélla, la fina lluvia del espanto me hubiera erizado y calado hasta los huesos.
Pero ante el parti-pris de vida normal ya anotado, me deslicé en el vago estupor que parecÃa flotar sobre todo.
–;Y usted, señora, no se sirve? –me volvà a la dama, al notar intacto su cubierto.
–¡Oh, no, señor! –me respondió con el tono de quien se excusa por no tener apetito; y juntando las manos bajo la mejilla, sonrió pensativa.
–¿Siempre va usted al cinematógrafo, señor Grant? –me preguntó Rosales.
–Muy a menudo –respondÃ.
–Yo lo hubiera reconocido a usted en seguida –se volvió a mà la dama–.
Lo he visto muchas veces.
–Muy pocas pelÃculas suyas han llegado hasta nosotros –observé.