El vampiro
El vampiro Lo segundo que noté fue el tamaño del lujosÃsimo comedor, tan grande que la mesa, aun colocada en el tercio anterior del salón, parecÃa hallarse al fondo de éste.
La mesa estaba cubierta de manjares, pero sólo habÃa tres cubiertos.
Junto a la cabecera del fondo, vi en traje de soirée, una silueta de mujer.
No era, pues, yo sólo el invitado.
Avanzamos por el comedor, y la fuerte impresión que ya desde el primer instante habÃa despertado en mà aquella silueta femenina, se trocó en tensión sobreaguda cuando pude distinguirla claramente.
No era una mujer, era un fantasma; el espectro sonriente, escotado y traslúcido de una mujer.
Un breve instante me detuve; pero habÃa en la actitud de Rosales tal parti-pris de hallarse ante lo normal y corriente, que avancé a su lado.
Y pálido y crispado asistà a la presentación.
–Creo que usted conoce ya al señor Guillermo Grant, señora –dijo a la dama, que sonrió en mi honor; y Rosales a mÃ.
–Perfectamente –respondÃ, inclinándome pálido como un muerto.
–Tome usted, pues, asiento –me dijo el dueño de casa– y dÃgnese servirse de lo que más guste.