El vampiro
El vampiro Yo me había equivocado una vez respecto de mi singular amigo; y comprobaba entonces un nuevo error.
Había en todo él y su ámbito demasiada reticencia, demasiado silencio y olor a crimen, para que pudiera ser tomado en serio.
Por seguro que estuviera Rosales de su fortaleza mental, era para mí evidente que había comenzado ya a dar traspiés sobre el pretil de la locura.
Congratulándome una vez más de mi recelo en asociarme a inquietar fuerzas extrañas con un hombre que sin ser español porfiaba en usar giros hidalgos de lenguaje, me encaminé el martes siguiente al palacio del ex enfermo, más dispuesto a divertirme con lo que oyera que a gozar de la equívoca cena de mi anfitrión.
Pero la cena existía, aunque no la servidumbre, porque el mismo portero me condujo a través de la casa al comedor, en cuya puerta golpeó con los nudillos, esfumándose en seguida.
Un instante después el mismo dueño de casa entreabría la puerta, y al reconocerme me dejaba paso con una tranquila sonrisa.
Lo primero que llamó mi atención al entrar fue la acentuación del tono cálido, como tostado por el Sol o los rayos ultravioleta, que coloreaba habitualmente las mejillas y las sienes de mi amigo.
Vestía smoking.