El vampiro

El vampiro

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El señor iría a verme apenas le fuera posible ponerse en pie.

Tras el mucamo hierático, y por bajo de la puerta entreabierta, se veía la alfombra del dormitorio, fuertemente iluminada.

No se oía en la casa una sola voz.

Se hubiera jurado que en aquel mudo palacete se velaba a enfermos desde meses atrás.

Y yo había reído con el dueño de casa tres días antes.

Al día siguiente recibí la siguiente esquela de Rosales: “La fatalidad, señor y amigo, ha querido privarme del placer de su visita cuando honró usted ayer mi casa.

¿Recuerda usted lo que le había dicho de mi servicio? Pues esta vez fui yo el enfermo.

No tenga usted aprensiones: hoy me hallo bien, y estaré igual el martes próximo.

¿Vendrá usted? Le debo a usted una reparación.

Soy de usted, atentamente, etcétera.

” De nuevo el asunto del servicio.

Con la carta en la mano, pensé en qué seguridad de cena podía ofrecerme el comedor de un hombre cuya servidumbre estaba enferma o incompleta, alternativamente, y cuya mansión no ofrecía otra vida que la que podía darle un pedazo de alfombra fuertemente iluminada.


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