El vampiro
El vampiro Aunque yo no he estado en la guerra, no podría resistir tampoco un ruido inesperado.
La sola apertura a la luz de un postigo me arrancaría un grito.
Pero esta represión de torturas no calma mis males.
En la penumbra sepulcral y el silencio sin límites de la vasta sala, yazgo inmóvil, con los ojos cerrados, muerto.
Pero dentro de mí, todo mi ser está al acecho.
Mi ser todo, mi colapso y mi agonía son un ansia blanca y extenuada hasta la muerte, que debe sobrevenir en breve.
Instante tras instante, espero oír más allá del silencio, desmenuzado y puntillado en vertiginosa lejanía, un crepitar remoto.
En la tiniebla de mis ojos espero a cada momento ver, blanco, concentrado y diminuto, el fantasma de una mujer.
En un pasado reciente e inmemorial, ese fantasma paseó por el comedor, se detuvo, reemprendió su camino, sin saber qué destino era el suyo.
Después.
Yo era un hombre robusto, de buen humor y nervios sanos.
Recibí un día una carta de un desconocido en que se me solicitaba datos sobre ciertos comentarios hechos una vez por mí alrededor de los rayos N1.
