El vampiro
El vampiro Yo apenas recordaba, como he dicho, lo que había escrito sobre los rayos en cuestión.
Haciendo un esfuerzo hallé en el fondo de mi memoria la experiencia a que aludía el solicitante, y le contesté que si se refería al fenómeno por el cual los ladrillos asoleados pierden la facultad de emitir rayos N1 cuando se los duerme con cloroformo, podía garantirle que era exacto.
Gustavo Le Bon, entre otros, había verificado el fenómeno.
Contesté, pues, a este tenor, y torné a olvidarme de los rayos N1.
Breve olvido.
Una tercera carta llegó, con los agradecimientos de fórmula sobre mi informe, y las líneas finales que transcribo tal cual.
“No era ésa la experiencia sobre la cual deseaba conocer su impresión personal.
Pero como comprendo que una correspondencia proseguida así llegaría a fastidiar a usted, le ruego quiera concederme unos instantes de conversación, en su casa o donde usted tuviera a bien otorgármelos.
” Tales eran las líneas.
Desde luego, yo había desechado ya la idea inicial de tratar con un loco.
