El vampiro
El vampiro Ya entonces, creo, sospeché qué esperaba de mÃ, por qué solicitaba mi impresión, y a dónde querÃa ir mi incógnito corresponsal.
No eran mis pobres conocimientos cientÃficos lo que le interesaba.
Y esto lo vi por fin, tan claro como ve un hombre en el espejo su propia imagen, observándole atentamente, cuando al dÃa siguiente don Guillen de Orzúa y Rosales –asà decÃa llamarse– se sentó a mi frente en el escritorio, y comenzó a hablar.
Ante todo hablaré de su fÃsico.
Era un hombre en la segunda juventud, cuyo continente, figura y mesura de palabras denunciaban a las claras al hombre de fortuna larga e inteligentemente disfrutada.
El hábito de las riquezas –de vieux-riche– era evidentemente lo que primero se advertÃa en él.
Llamaba la atención el tono cálido de su piel alrededor de los ojos, como el de las personas dedicadas al estudio de los rayos catódicos.
Peinaba su cabello negrÃsimo con exacta raya al costado, y su mirada tranquila y casi frÃa expresaba la misma seguridad de sà y la misma mesura de su calmo continente.
