Historia de un amor turbio
Historia de un amor turbio En la segunda o tercera visita de Rohán, la señora habÃale preguntado con afectuosa indiscreción si descendÃa de los duques de Rohán, de Francia. Rohán, que en ese instante se miraba las uñas de cerca, respondió:
—No, señora; mi abuelo era zapatero —. Y levantó la vista, mirando tranquilamente a la señora. La familia cruzó entre sà una rápida ojeada, aprestándose a defender altivamente la casta contra el agresivo sujeto. Pero pronto hubieron de convencerse de que Rohán parecÃa tener sobrada discreción —tal vez un poco despreciativa—, para agredir de ese modo.
Lola tenÃa veintidós años cuando Rohán la conoció. Era más bien gruesa, bastante miope, y tan blanca que sus brazos daban la impresión de estar siempre frÃos. Era poco inteligente, pero con tal equilibrio mental, que no erraba casi nunca. VestÃa muy bien, con innata noción del gusto. Esto escapaba a Mercedes, demasiado aguda en sus predilecciones, lo que la llenaba de fraternal envidia.
Lola no era rápida de ingenio, ni le agradaba el flirteo espiritual en que su hermana amaba precipitarse. Lo cual no obstaba para que se sonriera al oÃrla, pero lo hacÃa plácidamente, como si suspirara caminando.