Historia de un amor turbio
Historia de un amor turbio IV
En estas circunstancias Rohán recibió una carta de afuera. Su padre, cansado de la falta de aspiración de su hijo, decidíase a enviarlo a Europa por un par de años. “Creo que volverás más inútil aún; pero me quedará el consuelo de haber hecho lo posible por ti”.
El viaje parecióle bien a Rohán. Estaba harto de planos, lotes, colonias y tinta colorada. Además, hacía dos meses que comenzaba a preocuparle su estómago. Heredero, por parte de madre, de una notable dosis de neuropatías, había salvado hasta entonces su digestión. Verdad es que su misma tolerancia gástrica fuera excesiva, pues no hubo “bismark” ni caviar bastante especioso para sus trasnochadas.
Tenía, como todos los muchachos, el temor de debilitarse si no compensaba seis u ocho horas nocturnas —a veces de charla, únicamente— con terribles alimentos. Esa noche tenía pesadillas y se levantaba al día siguiente con la frente caliente y la boca amarga; pero muy satisfecho de haber repuesto las fuerzas perdidas. Luego había suspendido las cenas; mas el estómago, maltratado sobrado tiempo, continuaba mal.