Historia de un amor turbio
Historia de un amor turbio Acogió de este modo el viaje a Europa, por lo que se refiere a su digestión, como uno de los tantos extraordinarios remedios con que cavilan los dispépticos, —que nada les exigen por su parte. Esto no obstó para que la víspera de su viaje comiera en lo de Elizalde todo aquello que es capaz de ofrecer una dueña de casa a un huésped sano y distinguido, y con más solícita razón a uno delicado del estómago.
—Un poquito de esto, Rohán; es muy liviano. —Presumo que no, señora. Gracias.
—¡Pero un poquito, no más! ¡No puede hacerle nada!
—Me va a hacer mal, señora…
—¡No importa! Pruebe un poquito.
Rohán comía, y los cariñosos ofrecimientos continuaban, pues no hay en el mundo dueña de casa a la cual sea posible hacer comprender que uno es enfermo del estómago, o que no es precisamente cortés exigir una pésima noche en homenaje a la comida que se nos da. Una señora que sirve su mesa no hallará jamás otro motivo al rechazo de un plato, que la timidez del huésped. Este tiene el fatal deber de halagar debidamente a la señora por el honor que le hace, y de aquí la espantable respuesta que acababa de dar la de Elizalde a Rohán: —No importa que le haga daño…