Historia de un amor turbio
Historia de un amor turbio Pero, entretanto, el estómago de su hijo, que había dejado a éste en paz esos largos años, volvía a digerir por su cuenta. Tras la dispepsia llegaron los estados neurasténicos, y con éstos la desesperante obsesión de sentirlos. Y los microbios, y el terror a la tuberculosis. Fueron tres años duros, sin hacer absolutamente nada —pensar no es tarea para un neurasténico— que Rohán digirió tan penosamente como su kéfir.