Historia de un amor turbio
Historia de un amor turbio —No, en San Luis… ¿Y usted?
—Bien. Es decir, regular… Cada vez más flaco —agregó riéndose, como se rÃe un gordo que sabe bien que habla en broma de la flacura—. Pero usted, —prosiguió— cuénteme: ¿qué hace allá? ¿Una estancia, no? No sé quién me dijo… ¡También! ¡Sólo a usted se le ocurre irse a vivir al campo! Usted fue siempre raro, es cierto… ¿A qué usted mismo trabaja?
—A veces.
—¿Y sabe arar?
—Un poco.
—¿Y usted mismo ara?
—A veces…
—¡Qué notable!… ¿Y para qué?
El muchacho obeso gozaba, muy contento, a pesar de la tortura del cuello que lo congestionaba, del pantalón que bajo el chaleco lo ceñÃa hasta el pecho, ahogándolo. SentÃase felicÃsimo con la ocasión de un hombre raro que no se ofendÃa de sus risas.
—SÃ, el otro dÃa leà una cosa parecida… ¿Astorga, eh? ¿Tolstoi, eh? ¡Qué bueno!…
Y a pesar de todo era un buen muchacho quien le hablaba, lo que hacÃa pensar de nuevo a Rohán en la dosis de corrupción civilizadora que se necesita para convertir en ese imbécil escéptico a un honrado muchacho.