Historia de un amor turbio
Historia de un amor turbio Por ventura, Juárez habÃa pasado a mejor tema, informando a Rohán en tres minutos de una infinidad de cosas que éste jamás hubiera soñado averiguar.
Rohán lo oÃa como se oye sin querer, cuando uno está distraÃdo, la charla lejana de los peones en la chacra. De pronto Juárez notó que la mirada de su amigo pasaba fija sobre él, y callándose miró a su vez.
Dos chicas de luto avanzaban por la vereda de enfrente. Caminaban con la firme armonÃa de paso que adquieren las hermanas, el cuerpo erguido y las cabezas serias y decididas. Pasaron sin mirar, la vista fija adelante. Rohán las siguió con los ojos.
—Son las de Elizalde —dijo Juárez, bajando a la calle para estorbar menos y conversar mejor—. ¡Qué tiempo que no las veÃa! ¿Las conoce?
—Un poco…
—No lo vieron. Son monas chicas, sobre todo la más alta. Es la menor. Viven en San Fernando… Están muy pobres.
—Yo creÃa que tenÃan fortuna…
—SÃ, en otro tiempo. El padre estaba bastante bien. Aunque con el tren que llevaban… TenÃa hipotecado todo. Murió hace cerca de un año.
Rohán no pudo menos de hacerlo notar:
—Bien enterado…
El muchacho obeso soltó una gran carcajada, echándose adelante de risa como una mujer.