Historia de un amor turbio
Historia de un amor turbio —¡No tanto, no sea tan malo! —repuso—. ¡Hay que dejar de ser pobres, amigo Rohán! No todos tenemos la suerte de heredar estancias… aunque tengamos que arar —añadió con otra carcajada, sujetándose de las solapas de Rohán con cariñosa confianza.
Se fijó asà en el traje de éste.
—No trabaja con esta ropa, ¿verdad?… ¿Por qué no viene de botas?
Pero Rohán se habÃa cansado ya del excelente animalito, y caminaba solo.
Lo que Juárez ignoraba es que Rohán conocÃa excesivamente a las de Elizalde. Tras una amistad de diez años con la casa, Eglé, la menor, habÃa sido su novia. La habÃa querido inmensamente. Y allà estaban, sin embargo; ella paseando con su hermana su belleza de soltera, y él, soltero también, trabajando en el campo a doscientas leguas de Buenos Aires. ¡Eglé!… RepetÃase el nombre en voz baja, con la facilidad de quien antes ha pronunciado mucho una palabra en distintos estados de ánimo. Pero, a pesar de que esas dos sÃlabas conocidÃsimas le evocaban distintamente las escenas de amor en que las pronunció con más deseo, constataba que de toda la vieja pasión no le quedaba sino el cariño al nombre, nada más. Y lo murmuraba, sintiendo únicamente al oÃrlo una dulzura oscura de palabra que antes expresó mucho, como los idiotas que con la vista fija repiten horas enteras: —mamá…