Los desterrados
Los desterrados Orgaz observó el tiempo mientras ensillaba su animal. El cielo estaba blanco, y el sol, aunque velado por los vapores, quemaba como fuego. Desde las sierras escalonadas del Paraguay, desde la cuenca fluvial del sudeste, llegaba una impresión de humedad, de selva mojada y caliente. Pero mientras en todos los confines del horizonte los golpes de agua lívida rayaban el cielo, San Ignacio continuaba calcinándose ahogado.
Bajo tal tiempo, pues, Orgaz trotó y galopó cuanto pudo en dirección a Posadas. Descendió la loma del cementerio nuevo y entró en el valle de Yabebirí, ante cuyo río tuvo la primera sorpresa mientras esperaba la balsa: una fimbria de palitos burbujeantes se adhería a la playa.
—Creciendo —dijo al viajero el hombre de la balsa—. Llovió grande este día y anoche por las nacientes…
—¿Y más abajo? —preguntó Orgaz.
—Llovió grande también…