Los desterrados

Los desterrados

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Orgaz no se había equivocado, pues, al oír la noche anterior el tronido de la lluvia sobre el bosque lejano. Intranquilo ahora por el paso del Garupá, cuyas crecidas súbitas sólo pueden compararse con las del Yabebirí, Orgaz ascendió al galope las faldas de Loreto, destrozando en sus pedregales de basalto los cascos de su caballo. Desde la altiplanicie que tendía ante su vista un inmenso país, vio todo el sector de cielo, desde el este hasta el sur, hinchado de agua azul, y el bosque, ahogado de lluvia, diluido tras la blanca humareda de vapores. No había ya sol, y una imperceptible brisa se infiltraba por momentos en la calma asfixiante. Se sentía el contacto del agua, el diluvio subsiguiente a las grandes sequías. Y Orgaz pasó al galope por Santa Ana, y llegó a Candelarias.

Tuvo allí la segunda sorpresa, si bien prevista: el Garupá bajaba cargado con cuatro días de temporal y no daba paso. Ni vado ni balsa; sólo basura fermentada ondulando entre las pajas, y en la canal, palos y agua estirada a toda velocidad.

¿Qué hacer? Eran las cinco de la tarde. Otras cinco horas más, y el inspector subía a dormir a bordo. No quedaba a Orgaz otro recurso que alcanzar el Paraná y meter los pies en la primera guabiroba que hallara embicada en la playa.


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