Los desterrados
Los desterrados El inspector miró a Orgaz, consideró un momento su aspecto, y recordando entonces el incidente en la oficina de aquél, se echó a reÃr muy cordialmente, mientras le palmeaba el hombro:
—¡Pero si yo le dije que me los trajera por decirle algo, nada más! ¡HabÃa sido zonzo, amigo! ¡Para qué se tomó todo ese trabajo!
Un mediodÃa de fuego estábamos con Orgaz sobre el techo de su casa; y mientras aquél introducÃa entre las tablillas de incienso pesados rollos de arpillera y bleck, me contó esta historia.
No hizo comentario alguno al concluirla. Con los nuevos años transcurridos desde entonces, yo ignoro qué habÃa en aquel momento en las páginas de su Registro Civil, y en su lata de galletitas. Pero en pos de la satisfacción ofrecida aquella noche a Orgaz, no hubiera yo querido por nada ser el inspector de esos libros.