Los desterrados

Los desterrados

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Sufrimiento, tormento de falta de sueño zumbándole dentro de la cabeza, que parece abrirse por varios lados; cansancio extremo y demás, sobrábanle a Orgaz. Pero lo que lo dominaba era el contento de sí mismo. Cerníase por encima de todo la satisfacción de haberse rehabilitado, así fuera ante un inspector de justicia. Orgaz no había nacido para ser funcionario público, ni lo era casi, según hemos visto. Pero sentía en el corazón el dulce calor que conforta a un hombre cuando ha trabajado duramente por cumplir un simple deber, y prosiguió avanzando cuadra tras cuadra, hasta ver la luz de los arcos, pero ya no reflejada en el cielo, sino entre los mismos carbones, que lo enceguecían.

El reloj del hotel daba diez campanadas cuando el Inspector de justicia, que cerraba su valija, vio entrar a un hombre lívido, embarrado hasta la cabeza y con las señales más acabadas de caer, si dejaba de adherirse al marco de la puerta.

Durante un rato el inspector quedó mudo mirando al individuo. Pero cuando éste logró avanzar y puso los libros sobre la mesa, reconoció entonces a Orgaz, aunque sin explicarse poco ni mucho su presencia en tal estado y a tal hora.

—¿Y esto? —preguntó, indicando los libros.

—Como usted me los pidió —dijo Orgaz—. Están en forma.


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