Los desterrados
Los desterrados Orgaz miraba también afuera. ¡Qué interminable día! Tenía la sensación de que hacía un mes que había salido de San Ignacio. El Yabebirí creciendo… la mandioca asada… la noche que pasó solo escribiendo… el cuadrilátero blanco durante doce horas…
Lejos, lejano le parecía todo eso. Estaba empapado y le dolía atrozmente la cintura; pero esto no era nada en comparación del sueño. ¡Si pudiera dormir, dormir un instante siquiera! Ni aun esto, aunque hubiera podido hacerlo, porque la ceniza saltaba de piques. Orgaz volcó el agua de las botas y se calzó de nuevo, yendo a observar el tiempo.
Bruscamente la lluvia había cesado. El crepúsculo calmo se ahogaba de humedad y Orgaz no podía engañarse ante aquella efímera tregua que al avanzar la noche se resolvería en nuevo diluvio. Decidió aprovecharla, y emprendió la marcha a pie.
En seis o siete kilómetros calculaba la distancia a Posadas. En tiempo normal, aquello hubiera sido un juego; pero en la arcilla empapada las botas de un hombre exhausto resbalan sin avanzar, y aquellos siete kilómetros los cumplió Orgaz teniendo de la cintura abajo las tinieblas más densas, y más arriba, el resplandor de los focos eléctricos de Posadas.