Los desterrados
Los desterrados —¡Pero es lo que yo decÃa! —nos contaba a todos alegremente, cogiéndose el muñón tras la espalda—. ¡No se puede obtener nada a fuego directo! ¡Y qué voy a hacer con la falta de plata!
Otro cualquiera, con más dinero y menos generosidad intelectual que el manco, hubiera apagado los fuegos de su alambique. Pero mientras miraba melancólico su máquina remendada, en que cada pieza eficaz habÃa sido reemplazada por otra sucedánea, el manco pensó de pronto que aquel cáustico barro amarillento que se vertÃa del tambor, podÃa servir para fabricar alcohol de naranja. Él no era fuerte en fermentación; pero dificultades más grandes habÃa vencido en su vida. Además, Rivet lo ayudarÃa.
Fue en este momento preciso cuando el doctor Else hizo su aparición en IviraromÃ.
El manco habÃa sido el único individuo de la zona que, como habÃa acaecido con Rivet, respetó al nuevo caÃdo. Pese al abismo en que habÃan rodado uno y otro, el devoto de la gran Encyclopédie no podÃa olvidar lo que ambos ex hombres fueran un dÃa. Cuantas chanzas (¡y cuán duras en aquellos analfabetos de rapiña!) se hicieron al manco sobre sus dos ex hombres, lo hallaron siempre de pie.
—La caña los perdió —respondÃa con seriedad sacudiendo la cabeza—. Pero saben mucho…