Los desterrados

Los desterrados

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Aunque bajo el bosque virgen, y por violentos que sean los diluvios, el agua no corre jamás sobre la capa de humus, la miseria y la humedad ambiente no favorecen tampoco el bienestar de los que avanzan por él. Llegó pues una mañana en que los dos viejos proscritos, abatidos por la consunción y la fiebre, no pudieron ponerse de pie.

Desde la cumbre en que se hallaban, y al primer rayo de sol que rompía tardísimo la niebla, Tirafogo, con un resto más de vida que su compañero, alzó los ojos, reconociendo los pinares nativos. Allá lejos vio en el valle, por entre los altos pinos, un viejo rozado cuyo dulce verde se llenaba de luz entre las sombrías araucarias.

—¡Seu João! —murmuró, sosteniéndose apenas sobre los puños—. ¡É a terra o que você pode ver lá! ¡Temos chegado, seu João Pedro!

Al oír esto, João Pedro abrió los ojos, fijándolos inmóviles en el vacío, por largo rato.

—Eu cheguei ya, meu compatricio… —dijo.

Tirafogo no apartaba la vista del rozado.

—Eu vi a terra… É lá… —murmuraba.

—Eu cheguei —respondió todavía el moribundo—. Você viu a terra. E eu estó lá.

—O que é… seu João Pedro —dijo Tirafogo—, o que é, é que você está de morrer… ¡Você não chegou!


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