Los desterrados
Los desterrados Los preparativos fueron breves, pues breve era lo que dejaban y lo que podÃan llevar consigo. Plan, en verdad, no poseÃan ninguno, si no es el marchar perseverante, ciego y luminoso a la vez, como de sonámbulos, y que los acercaba dÃa a dÃa a la ansiada patria. Los recuerdos de la edad infantil subÃan a sus mentes con exclusión de la gravedad del momento. Y caminando, y sobre todo cuando acampaban de noche, uno y otro partÃan en detalles de la memoria que parecÃan dulces novedades, a juzgar por el temblor de la voz.
—Eu nunca dije para você, seu Tirá… ¡O meu irmão más piqueno estuvo uma vez muito doente!
O, si no, junto al fuego, con una sonrisa que habÃa acudido ya a los labios desde largo rato:
—O mate de papãe cayose uma vez de mim… ¡E batiome, seu João!
Iban asÃ, riquÃsimos de ternura y cansancio, pues la sierra central de Misiones no es propicia al paso de los viejos desterrados. Su instinto y conocimiento del bosque les proporcionaban el sustento y el rumbo por los senderos menos escarpados.
Pronto, sin embargo, debieron internarse en el monte cerrado, pues habÃa comenzado uno de esos periodos de grandes lluvias que inundan la selva de vapores entre uno y otro chaparrón, y transforman las picadas en sonantes torrenteras de agua roja.