Los desterrados

Los desterrados

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También Tirafogo había sacudido la cabeza ante los nuevos acontecimientos. Y bajo su influjo, y el del viento frío que rechazaba el humo, los dos proscritos sintieron por fin concretarse los recuerdos natales que acudían a sus mentes con la facilidad y transparencia de los de una criatura.

Sí; la patria lejana, olvidada durante ochenta años. Y que nunca, nunca…

—¡Seu Tirá! —dijo de pronto João Pedro, con lágrimas fluidísimas a lo largo de sus viejos carrillos—. ¡Eu não quero morrer sin ver a minha terra!… É muito longe o que eu tengo vivido…

A lo que Tirafogo respondió:

—Agora mesmo eu tenía pensado proponer a você… Agora mesmo, seu João Pedro… eu vía na ceniza a casinha… O pinto bataraz de que eu só cuidei…

Y con un puchero, tan fluido como las lágrimas de su compatriota, balbuceó:

—¡Eu quero ir lá!… ¡A nossa terra é lá, seu João Pedro!… A mamãe do velho Tirafogo…

El viaje, de este modo, quedó resuelto. Y no hubo en cruzado alguno mayor fe y entusiasmo que los de aquellos dos desterrados casi caducos, en viaje hacia su tierra natal.


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