Los desterrados

Los desterrados

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»Bueno; si yo no hubiera tenido las narices tapadas por la fiebre, habría sentido bien pronto el olor de la mecha. Y cuando estuve abajo y lo sentí bien, el olor podrido de la pólvora, sentía más claramente que entre las piernas tenía una mina cargada y prendida.

»Allá arriba apareció la cabeza de mi hermano, gritándome. Y cuanto más gritaba, más disminuía su cabeza y el pozo se estiraba y se estiraba hasta ser un puntito en el cielo, porque tenía chucho y estaba con fiebre.

»De un momento a otro la mina iba a reventar, y encima de la mina estaba yo, pegado a la piedra, para irme también en pedazos hasta la boca del pozo. Mi hermano gritaba cada vez más fuerte hasta parecer una mujer. Pero yo no tenía fuerzas para subir ligero, y me eché en el suelo, aplastado como una barreta. Mi hermano supuso la cosa, porque dejó de gritar.

»Bueno; los cinco segundos que estuve esperando que la mina reventara de una vez, me parecieron cinco o seis años, con meses, semanas, días y minutos, bien seguidos unos tras otros.

»¿Miedo? ¡Bah! Tenía demasiado que hacer siguiendo con la idea la mecha que estaba llegando a la punta… Miedo, no. Era una cuestión de esperar, nada más; esperar a cada instante; ahora… ahora… Con eso tenía para entretenerme.


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