Los desterrados

Los desterrados

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»Por fin la mina reventó. La dinamita trabaja para abajo; hasta los mensús lo saben. Pero la piedra desecha salta para arriba, y yo, después de saltar contra la pared y caer de narices, con un silbato de locomotora en cada oído, sentí las piedras que volvían a caer en el fondo. Una sola un poco grande me alcanzó aquí en la pantorrilla, cosa blanda. Y además, el sacudón de costado, los gases podridos de la mina, y sobre todo, la cabeza hinchada de picoteos y silbidos, no me dejaron sentir mucho las pedradas. Yo no he visto un milagro nunca, y menos al lado de una mina de dinamita. Sin embargo, salí vivo. Mi hermano bajó enseguida, pude subir con las rodillas flojas, y nos fuimos enseguida a emborracharnos por dos días seguidos.

»Ésta fue la primera vez que me escapé. La segunda fue también en un pozo que había contratado solo. Yo estaba en el fondo, limpiando los escombros de una mina que había reventado la tarde anterior. Allá arriba, mi ayudante subía y volcaba los cascotes. Era un guayno paraguayo, flaco y amarillo como un esqueleto, que tenía el blanco de los ojos casi azul, y no hablaba casi nada. Cada tres días tenía el chucho.




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