Los desterrados

Los desterrados

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»Al final de la limpiada, sujeté a la soga por encima del balde, la pala y el pico, y el muchacho izó las herramientas que, como acabo de decirle, estaban pasadas por un falso nudo. Siempre se hace así, y no hay cuidado de que se salgan, mientras el que iza no sea un bugre como mi peón.

»El caso es que cuando el balde llegó arriba, en vez de agarrar la soga por encima de las herramientas para tirar afuera, el infeliz agarró el balde. El nudo se aflojó, y el muchacho no tuvo tiempo más que para sujetar la pala.

»Bueno; pare la oreja al tamaño del pozo: tenía en ese momento catorce metros de hondura, y sólo un metro o uno y veinte de ancho. La piedra mora no es cuestión de broma para perder el tiempo haciendo barrancos y, además, cuanto más angosto es el pozo, es más fácil subir y bajar por las paredes.

»El pozo, pues, era como un caño de escopeta; y yo estaba abajo en una punta mirando para arriba, cuando vi venir el pico por la otra.

»¡Bah! Una vez el milanés pisó en falso y me mandó abajo una piedra de veinte kilos. Pero el pozo era playo todavía, y la vi venir a plomo. Al pico lo vi venir también, pero venía dando vueltas, rebotando de pared a pared, y era más fácil considerarse ya difunto con doce pulgadas de fierro dentro de la cabeza, que adivinar dónde iba a caer.


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