Los desterrados
Los desterrados Desde dos meses atrás, no tronaba la lluvia sobre las polvorientas hojas. El rocÃo mismo, vida y consuelo de la flora abrasada, habÃa desaparecido. Noche a noche, de un crepúsculo a otro, el paÃs continuaba desecándose como si todo él fuera un horno. De lo que habÃa sido cauce de umbrÃos arroyos sólo quedaban piedras lisas y quemantes; y los esteros densÃsimos de agua negra y camalotes, se hallaban convertidos en páramos de arcilla surcada de rastros durÃsimos que entrecubrÃa una red de filamentos deshilachados como estopa, y que era cuanto quedaba de la gran flora acuática. A toda la vera del bosque, los cactus, enhiestos como candelabros, aparecÃan ahora doblados a tierra, con sus brazos caÃdos hacia la extrema sequedad del suelo, tan duro que resonaba al menor choque.
Los dÃas, unos tras otros, se deslizaban ahumados por la bruma de las lejanas quemazones, bajo el fuego de un cielo blanco hasta enceguecer, y a través del cual se movÃa un sol amarillo y sin rayos, que al llegar la tarde comenzaba a caer envuelto en vapores como una enorme masa asfixiada.
Por las particularidades de su vida vagabunda, Anaconda, de haberlo querido, no hubiera sentido mayormente los efectos de la sequÃa. Más allá de la laguna y sus bañados enjutos, hacia el sol naciente, estaba el gran rÃo natal, el Paranahyba refrescante, que podÃa alcanzar en media jornada.
