Los desterrados
Los desterrados —SÃ, mucho calor… —respondÃa Anaconda, arrastrando consigo la cháchara y las cabezas torcidas de los monos, tranquilos sólo a medias.
Porque mono y serpiente, pájaro y culebra, ratón y vÃbora, son conjunciones fatales que apenas el pavor de los grandes huracanes y la extenuación de las interminables sequÃas logran retardar. Sólo la adaptación común a un mismo medio, vivido y propagado desde el remoto inmemorial de la especie, puede sobreponerse en los grandes cataclismos a esta fatalidad del hambre. AsÃ, ante una gran sequÃa, las angustias del flamenco, de las tortugas, de las ratas y de las anacondas, formarán un solo desolado lamento por una gota de agua.
Cuando encontramos a nuestra Anaconda, la selva se hallaba próxima a precipitar en su miseria esta sombrÃa fraternidad.
