Los desterrados

Los desterrados

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Orgaz había solicitado el nombramiento de juez de paz y jefe del Registro Civil para vivir. No tenía amor alguno a sus funciones, bien que administrara justicia —sentado en una esquina de la mesa y con una llave inglesa en las manos— con perfecta equidad. Pero el Registro Civil era su pesadilla. Debía llevar al día, y por partida doble, los libros de actas de nacimientos, de defunciones y de matrimonio. La mitad de las veces era arrancado por la turbina a sus tareas de chacra, y la otra mitad se le interrumpía en pleno estudio, sobre el techo, de algún cemento que iba por fin a depararle cama seca cuando llovía. Apuntaba así a escape los datos demográficos en el primer papel que hallaba a mano, y huía de la oficina.

Luego, la tarea inacabable de llamar a los testigos para firmar las actas, pues cada peón ofrecía como tales a gente rarísima que no salía jamás del monte. De aquí, inquietudes que Orgaz solucionó el primer año del mejor modo posible, pero que lo cansaron del todo de sus funciones.

—Estamos lucidos —se decía, mientras concluía de quitarse el bleck y afilaba en el aire, por costumbre—. Si escapo de ésta, tengo suerte…

Fue por fin a la oficina oscura, donde el inspector observaba atentamente la mesa en desorden, las dos únicas sillas, el piso de tierra, y alguna media en los tirantes del techo, llevada allá por las ratas.


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